Por Isbe Rodríguez y José Amario
Cuando un niño se pone enfermo, una de las preguntas que más preocupa a los padres es: «¿Esto puede esperar o debería llevarlo a Urgencias?». Y no siempre es fácil saberlo.
Un niño puede tener 39,5°C de fiebre y encontrarse relativamente bien, mientras que otro, con menos fiebre, puede necesitar una valoración médica urgente.
Además, no valoramos igual a un recién nacido que a un niño de 4 años o a un adolescente. La edad, el problema que tenga, sus antecedentes y, sobre todo, cómo se encuentra el niño, pueden cambiar completamente la decisión.
Por eso, cuando tu hijo está enfermo, hay que mirar algo más que el termómetro.
En este artículo te explicamos qué puedes observar en casa, qué situaciones requieren una valoración urgente y cómo cambia la situación según la edad y el problema que tenga tu hijo.
Cuando un niño llega a Urgencias, una de las primeras cosas que queremos saber no es cuánto marca el termómetro. Queremos saber: ¿cómo está el niño?
Un niño enfermo puede estar cansado, dormir más o encontrarse menos activo. Eso no significa necesariamente que exista un problema grave. Lo que debe preocuparnos es un cambio importante respecto a lo habitual: cuesta mucho despertarlo, está excesivamente dormido, cuando despierta no responde como normalmente, parece desorientado o confuso, no reconoce o no interactúa con sus padres como suele hacerlo, está extremadamente irritable y no consigue calmarse, tiene un llanto muy diferente al habitual, o parece «ido» o mucho menos conectado con su entorno.
Los padres suelen conocer muy bien cómo se comporta su hijo cuando está bien. Ese cambio respecto a lo habitual es una información muy importante.
Cuando un niño tiene tos o mocos, es fácil centrarse en cuánto tose. Pero hay una pregunta mucho más importante: ¿está respirando con comodidad? Observa al niño cuando está tranquilo. Presta atención si respira mucho más rápido de lo habitual, se le hunden las costillas al respirar, se le hunde la zona debajo de las costillas, mueve mucho la barriga para respirar, abre mucho las fosas nasales, hace un ruido extraño o un quejido con cada respiración, parece cansado de respirar, tiene pausas en la respiración, no puede hablar, llorar o comer con normalidad porque le falta el aire, o los labios o la cara adquieren una coloración azulada o grisácea.
La dificultad para respirar es una de las señales que más importancia tiene en un niño enfermo.
Cuando un niño tiene vómitos, diarrea o fiebre, una de las cosas más importantes es saber si está consiguiendo mantener suficientes líquidos. Pregúntate: ¿está bebiendo? ¿Consigue mantener lo que bebe? ¿Está haciendo pis? Debemos prestar atención si rechaza prácticamente todos los líquidos, vomita cada vez que intenta beber, hace mucho menos pis de lo habitual, lleva muchas horas sin orinar, tiene la boca muy seca, llora sin lágrimas cuando normalmente las tendría, tiene los ojos hundidos, está cada vez más decaído, o tiene las manos y los pies muy fríos y además está muy pálido o decaído.
En bebés, una disminución clara de los pañales mojados puede ser una señal importante.
No necesitamos contar mililitros de líquido ni medir exactamente la cantidad de orina. Lo importante es reconocer un cambio claro respecto a lo habitual.
La evolución también nos da información. No es lo mismo un niño que lleva varias horas enfermo pero se mantiene estable que un niño que cada vez está peor. Por ejemplo, si inicialmente estaba jugando y bebiendo, pero unas horas después está muy decaído, respira peor o deja de beber, esa evolución debe preocuparnos.
Un empeoramiento progresivo es una razón para consultar.
No todos los niños tienen el mismo riesgo. Una misma enfermedad puede ser poco preocupante en un niño mayor y necesitar una valoración más rápida en un bebé pequeño.
En los primeros meses de vida debemos ser especialmente prudentes. Una temperatura de 38°C o más en un bebé menor de 3 meses requiere valoración médica, aunque aparentemente se encuentre bien. En esta edad, algunas infecciones pueden ser importantes y los bebés pueden mostrar pocos síntomas al principio.
Pero tampoco debemos esperar necesariamente a que aparezca fiebre. En un bebé pequeño debemos consultar con rapidez si respira con dificultad, hace pausas al respirar, rechaza las tomas, come mucho menos de lo habitual, vomita repetidamente, moja claramente menos pañales, cuesta despertarlo, está mucho más decaído de lo habitual, tiene un comportamiento diferente al habitual, está muy pálido o presenta coloración azulada, o presenta una convulsión.
En los bebés pequeños, ante una duda o un cambio importante en su comportamiento, es recomendable consultar antes, especialmente si aparecen problemas para respirar, alimentarse o mantenerse hidratados.
En esta etapa la mayoría de las infecciones siguen siendo leves, pero los bebés todavía pueden tener dificultades para expresar que se encuentran mal. Por eso, además de la temperatura, observa cómo respira, cuánto está comiendo, cuánto está bebiendo, cuántos pañales moja, si está despierto y atento, si sonríe, juega o interactúa como suele hacerlo, si presenta vómitos o diarrea importantes, o si está empeorando.
En enfermedades respiratorias como la bronquiolitis, debemos prestar especial atención a los bebés de pocos meses, ya que pueden empeorar con mayor facilidad. En ellos son especialmente importantes las pausas al respirar, la dificultad para respirar, el hundimiento de las costillas, el rechazo de las tomas, el cansancio durante las tomas, la disminución clara de los pañales mojados y el decaimiento importante.
Es una etapa en la que son muy frecuentes las infecciones respiratorias, los vómitos, las diarreas y la fiebre. Aquí es fácil caer en una pregunta: «¿cuántos grados tiene?». Pero hay otra pregunta mucho más útil: «¿cómo está mi hijo cuando baja la fiebre o entre los episodios de fiebre?».
Un niño que tiene fiebre pero está despierto, juega durante algunos momentos, bebe, hace pis, respira cómodamente y responde normalmente, puede encontrarse relativamente bien aunque el termómetro marque una temperatura elevada.
En cambio, debemos preocuparnos más si la fiebre aparece junto con dificultad para respirar, gran decaimiento, dificultad para despertarlo, rechazo de líquidos, disminución importante de la orina, dolor intenso, convulsiones, manchas en la piel que no desaparecen al presionarlas, o empeoramiento progresivo.
A medida que los niños crecen, pueden explicarnos mejor qué sienten. Esto nos permite hacer preguntas más concretas: ¿dónde te duele?, ¿desde cuándo?, ¿está empeorando?, ¿puedes caminar normalmente?, ¿puedes beber?, ¿te cuesta respirar?
En esta edad debemos prestar especial atención a la dificultad para respirar, el dolor intenso o que aumenta progresivamente, el dolor en el pecho acompañado de dificultad para respirar, desmayo o gran malestar, el dolor de cabeza muy intenso o diferente de lo habitual, el dolor de cabeza acompañado de problemas para hablar, caminar, ver o mover alguna parte del cuerpo, la rigidez o dolor importante al mover el cuello, los vómitos repetidos, la incapacidad para mantener líquidos, los golpes importantes, la pérdida de conocimiento, las convulsiones y los cambios llamativos en el comportamiento.
Los adolescentes pueden explicar mejor sus síntomas, pero siguen existiendo situaciones que requieren una valoración urgente: dificultad importante para respirar, pérdida de conocimiento, convulsiones, dolor intenso en el pecho (especialmente si aparece durante el ejercicio o acompañado de desmayo), dolor de cabeza súbito o muy intenso, dolor de cabeza acompañado de problemas para hablar, caminar, ver o mover alguna parte del cuerpo, dolor abdominal intenso o que empeora progresivamente, vómitos repetidos que impiden beber, una posible intoxicación o consumo de una sustancia peligrosa, una reacción alérgica importante, un traumatismo importante, o un cambio brusco y preocupante en su comportamiento o estado mental.
También debemos buscar ayuda urgente ante una situación de salud mental en la que exista riesgo inmediato de hacerse daño o de no poder mantenerse seguro.
No podemos decidir si un niño necesita Urgencias únicamente por el nombre de la enfermedad o por un solo síntoma. La edad, el estado del niño y la evolución pueden cambiar completamente la situación.
Por ejemplo: no es lo mismo un bebé de 20 días con 38°C que un niño de 4 años con 38,5°C que juega, bebe y respira normalmente. Tampoco es lo mismo un bebé pequeño que hace pausas al respirar que un niño de 8 años con tos pero que respira cómodamente y continúa con su actividad habitual.
Por eso, el síntoma aislado cuenta, pero el contexto cuenta mucho más.
🔴 Busca atención urgente si tu hijo tiene dificultad para respirar (esfuerzo importante, hundimiento de costillas, movimiento exagerado de la barriga, pausas respiratorias, quejido, labios o cara azulados), está muy decaído o cuesta despertarlo, no consigue hidratarse, presenta una convulsión, pierde el conocimiento, presenta un cambio repentino en la fuerza, el habla, la visión o la forma de caminar, tiene una reacción alérgica importante, ha sufrido un golpe importante con síntomas preocupantes, o tiene fiebre junto con manchas rojizas o violáceas que no desaparecen al presionarlas.
La fiebre es un dato importante, pero no nos dice por sí sola cómo de enfermo está un niño.
Un niño puede tener fiebre alta y encontrarse relativamente bien. Por eso, además de mirar la temperatura, observa cómo se comporta, si está despierto, si responde normalmente, cómo respira, si bebe, si hace pis, si tiene dolor, si aparecen otros síntomas, y si está mejorando o empeorando.
Una excepción importante: en un bebé menor de 3 meses, una temperatura de 38°C o más requiere valoración médica.
Cuando un niño vomita o tiene diarrea, es normal preguntarse cuántas veces ha ocurrido. Ese dato es útil, pero hay otras preguntas todavía más importantes: ¿puede beber?, ¿consigue mantener lo que bebe?, ¿está haciendo pis?, ¿está despierto y responde normalmente?, ¿está cada vez más decaído?
Un niño que vomita varias veces pero consigue beber pequeñas cantidades, continúa haciendo pis y mantiene un buen estado general no está en la misma situación que un niño que no consigue mantener ningún líquido y cada vez está más decaído.
Los catarros son extremadamente frecuentes durante la infancia. Tener muchos mocos, toser mucho o incluso tener fiebre no significa automáticamente que haya que acudir a Urgencias. Lo importante es observar cómo respira.
Mira cómo respira, no solamente cuánto tose.
El dolor de barriga es muy frecuente en los niños y muchas veces no significa nada grave. Pero debemos prestar especial atención cuando el dolor es intenso o va a más, está localizado en una zona concreta y no mejora, el niño no puede caminar o moverse por el dolor, hay vómitos repetidos, la barriga está muy hinchada, hay sangre en los vómitos o las heces, el niño está muy decaído, aparece un desmayo, el dolor lo despierta repetidamente por la noche, o hay un empeoramiento claro.
Si tu hijo está despierto, responde normalmente, respira cómodamente, consigue beber, hace pis, no tiene un dolor intenso, mantiene un comportamiento parecido al habitual y no presenta ninguna señal de alarma, muchas enfermedades infantiles pueden observarse inicialmente en casa.
Hay una diferencia importante entre «lo dejo porque parece que no pasa nada» y «lo observo porque sé qué tengo que vigilar».
Cuando tu hijo esté enfermo, intenta hacerte estas preguntas: ¿qué edad tiene?, ¿qué le ocurre?, ¿cómo está ahora (comportamiento, respiración, si bebe, si hace pis, color y aspecto)?, ¿está mejorando o empeorando?, ¿hay alguna señal de alarma?
Tú conoces a tu hijo mejor que nadie.
Si piensas «no lo veo como siempre», esa sensación merece atención. No significa necesariamente que tenga una enfermedad grave. Pero si existe un cambio importante respecto a cómo suele estar cuando enferma, especialmente si se acompaña de dificultad para respirar, problemas para beber, mucho decaimiento, dolor intenso u otros signos preocupantes, es recomendable consultar.
No queremos que las familias vivan pendientes del termómetro ni que tengan que convertirse en expertos en medicina para cuidar a sus hijos. Queremos algo mucho más sencillo: que sepan qué observar, qué pueden esperar y cuándo es el momento de pedir ayuda.
EN RESUMEN
🟢 Puedes observar en casa si está razonablemente bien, despierto y responde como siempre, respira cómodamente, consigue beber, hace pis y no presenta ninguna señal de alarma.
🟠 Conviene consultar con un profesional si los síntomas persisten, empeoran, no evoluciona como esperabas, tiene dificultades para beber o aparece cualquier situación que te genere preocupación importante.
🔴 Busca atención urgente ante dificultad importante para respirar, labios o cara azulados, no responde normalmente, convulsión, pérdida de conocimiento, incapacidad para beber con signos de deshidratación, reacción alérgica importante, golpe importante con síntomas preocupantes, cambio repentino en fuerza/habla/visión/forma de caminar, o deterioro rápido del estado general.
La gravedad no depende solamente de cuánto marca el termómetro. Depende de la edad del niño, el problema que tiene, cómo se encuentra y cómo evoluciona. Tu papel no es diagnosticar: es observar, reconocer los cambios y saber cuándo pedir ayuda.